¡Una farra tan buena... que tuve que escapar de ella!

El fin de semana, y después de mucho tiempo desde la última vez, volví a reunirme con mis ex-compañeros universitarios. El pretexto: el cumpleaños de Álvaro, el indiscutible líder del grupo, quién, aparentemente no tenía idea de las intenciones de su familia (especialmente de su madre, activa organizadora del farrón). De hecho, creo que esa fue la primera vez que Álvaro realmente desconocía de la realización de su fiesta sorpresa. Mientras estuvimos en la universidad, era él quién se auto-organizaba sus fiestas, y lo de la "sorpresa" se limitaba a que él finja estar sorprendido al momento de llegar a su propio departamento (con las botellas de trago en la mano), mientras los demás gritábamos y arrojábamos serpentinas...

En fin. Esta vez, la familia de Álvaro lo organizó todo en completo secreto: el lugar, la comida, el trago, los invitados, la música... todo bajo control. De manera que, cuando llegamos, la fiesta demoró un poco en encenderse (el cumpleañero no llegaría sino después de varias horas... ¡sorpresa, todos estamos ebrios!), pero cuando se encendió, lo hizo y en serio.

Sin que nadie se diera cuenta, las horas transcurrieron rápidamente, desempolvando en mi memoria las características que distinguían a cada uno de mis viejos (y últimamente, muy poco vistos) amigos. Los buitres, los bebedores, los "priostes" (dedicados a repartir el trago a conocidos y desconocidos, sin tomar en cuenta a los bebedores, quienes buscan trago por si mismos), los "coreográficos" (hay que verlos bailar para entender este calificativo), los que fueron pareja alguna vez (y por supuesto, aprovechan para revivir viejos tiempos), los (o mejor dicho, las) que nunca llegaban con pareja, pero de ley salían con una, los "barajosos" ("yo no tomo ni bailo"), los "amagosos" (son como los "barajosos", pero cambian de opinión en 10 segundos o menos), los farsantes (quienes fingen beber por montones cuando en realidad lo único que hacen es remojar los labios toda la noche en el mismo vaso de trago), los payasos, los cabreados/buscapleitos... Nada como una fiesta a los tiempos para recordarte quién es quién entre tus amigos.

Y así, entre bailes, chupe, risas y demás, nos dieron las 3 y 10 de la mañana. Estaba medio ebrio, y el físico ya no me daba para más, así que había llegado la hora de la despedida. En eso coincidí con otros 4 amigos, que tenían las mismas intenciones a esa hora, así que nos organizamos para salir del lugar en los dos carros disponibles.

Pero antes de irnos, pensamos ingenuamente que era necesario despedirnos de los panas. Grave error. Cuando nos despedimos de Diana, la primera a la que encontramos, ella (ya con algunas copas encima) se negó de forma notoria y rotunda a que nos vayamos de allí, empujándonos a los 5 de vuelta a la fiesta. ¿Cómo lo hizo? No se. Solo se que 1 minuto después, todos estábamos bailando y bebiendo nuevamente. Las intenciones de salir se pospusieron por unos 20 minutos mas.

Para el segundo intento, decidimos salir de la pista de baile de forma disimulada y sin llamar la atención, escabullirnos hasta los carros, encenderlos sutilmente y salir lo más rápido posible. Este plan parecía perfecto, pero tenía una falla: la leve pero impertinente ebriedad de José Luis, uno de los implicados en este intento de escape.

Cuando los demás ya habíamos salido del local y nos dirigíamos hacia los carros, notamos que uno de los "escapistas" no venía con nosotros. Cuando todos regresamos a la pista de baile (otro grave error), vimos a José Luis, bastante "afectado" por el alcohol, acercándose lentamente hacia el cumpleañero, para despedirse de la forma más efusiva que su borrachera le ordenara.

Lamentablemente, cuando lo vimos era demasiado tarde: antes de que podamos evitarlo, José Luis ya había puesto su mano en el hombro de Álvaro (que inicialmente estaba de espaldas), y empezado a pronunciar su no muy clara, pero sí muy escandalosa despedida (fue como gruñir a gritos, algo así...). A Álvaro, por supuesto, no le hizo nada de gracia la despedida, así que empezó a armar relajo para que el resto de los asistentes a la fiesta impidieran la salida del ya no muy ágil fugitivo. Al ver esto, los demás empezamos a caminar lentamente, muy lentamente hacia el parqueadero, confiados en que la "escena" de la pista de baile atraería la atención de todos. Pero nos equivocamos.

Al llegar a uno de los autos, nos subimos lo más rápido posible (unos sobre otras... esa fue una buena idea, pensándolo bien...), sin percatarnos de que algunos de los panas, cuyo estado de ánimo estaba en nivel "belicoso" (por el trago, obviamente), venían detrás de nosotros, como turba descontrolada tratando de atrapar y quemar a un grupo de choros. Cuando nos dimos cuenta de eso ya habíamos cerrado las puertas, así que abrimos las ventanas para tratar de explicar, con razones válidas, nuestro segundo intento de salir. Nuevamente, grave error. Antes de que podamos decir algo, fuimos aplastados por una avalancha de palabras, atropelladas unas sobre otras, entre las cuales alcancé a distinguir apenas algunas frases sueltas, como "¡no se vayan, chucha!", "beber hasta caer", "bajate o te bajo"...

Ninguno de los 4 que estábamos "a salvo" en el carro pudo resistir tanta palabrería. Y una vez fuera del vehículo, fuimos nuevamente asediados con más palabrería, solo que en tono de reclamos. Pero esta vez, una voz sobresalió entre tanto escándalo: era Álvaro, ordenando a los guardias del lugar que mantuvieran la puertas cerradas ("¡de aquí no salen hasta el lunes!") y sugiriéndoles, además, que se mantengan alertas ante cualquier intento de salir (a pesar de que ya había ordenado cerrar las puertas), y que no duden en "meterle un tiro a las llantas" de cualquier vehículo que se moviera. ¡Vesijuep...!

Aparentemente, lo del tiro era una broma de Álvaro. Una broma muy malentendida por todos los demás, ya que, apenas acabó de pronunciarla, el escandaloso remolino de gente alrededor del cumpleañero cortó abruptamente su bulla, y le dirigió una mirada reprobatoria que mató sus ganas de seguir "bromeando". Los únicos que continuaron riendo fueron, por supuesto, los guardias. Había algo perverso en sus risas. O al menos eso creo. No estoy seguro porque a esas alturas estaba tan cansado que estaba quedándome dormido de pie. Eran casi las 03:35.

La fiesta estaba excelente, y se ponía cada vez mejor con todo lo que sucedía (nuestro intento de escape no era lo único "interesante" de aquella noche), pero los 5 aprendices de fugitivos estábamos demasiado cansados (y algunos, lo suficientemente chispos) como para quedarnos. Así que, tras el relajo del parqueadero, cuando todos los implicados empezaron a volver a la pista, nosotros vimos el momento perfecto para intentar escapar por tercera vez.

Esta vez, simplemente caminamos y nos embarcamos en los dos vehículos (ahora que José Luis ya estaba un poco más "en condiciones" para conducir el suyo) sin mayor precaución y, sorprendentemente, sin que nadie lo note. Subimos, nos acomodamos, y nos preparamos para salir de allí. Karina, la dueña del otro vehículo, no se sentía muy bien, así que me dió su llave y pidió, muy prudentemente, que maneje con cuidado. Lo dijo justo antes de quedarse dormida en el asiento del copiloto.

Con la llave en la mano, rápidamente me embarqué frente al volante, listo para encender el carro... no, aún no. Cuando iba a hacerlo, vi que José Luis acababa de encender el suyo, llamando la atención, otra vez, de algunos de nuestros relajosos amigos que, sin dudar, se avalanzaron sobre las ventanas, el parabrisas, el capot y el maletero. Se colgaron de los retrovisores (¿?) y, en una sorprendente maniobra nunca antes vista en nuestras farras, uno de ellos se pegó un planchazo en el suelo, justo frente al vehículo en movimiento, obligando al asustado José Luis a frenar de golpe, justo a tiempo para no pasar por encima del "rompevelocidades humano". Ver cómo los que "viajaban" en el capó y el parabrisas salieron volando por el frenazo fue sencillamente espectacular.

Esa inusual distracción se convirtió en la señal de "ahora o nunca" que necesité para encender el carro, meter reversa, salir de mi espacio del parqueadero, tomar rumbo hacia la puerta de salida, acelerar y salir, con la inesperada complicidad de los guardias de seguridad, que sin reparos abrieron el portón y nos permitieron la salida. Bueno, en realidad fue con la complicidad de los guardias... y de Diana.

No lo habríamos logrado si no fuera por Karina que, profundamente dormida en el asiento del copiloto, provocó la lástima (mezclada con algo de burlas) de Diana, la única que se había dado cuenta de nuestra huída, pero que no dijo nada al ver por la ventana a la chica "en estado de alfombra". Sea como sea, logramos salir. Directo a la casa. A descansar por fin.

Definitivamente, esa farra lo tuvo todo. Ojalá se repita pronto.

4 comentarios:

Di dijo...

jajajaja...
Me has hecho reír un rato...
A mi una vez me hicieron regresar de mi casa a las 6 de la mañana...

webmaster dijo...

Tenaz!
Francamente yo tambien pensé en volver a la fiesta. Incluso intenté llamar a alguno de los panas para saber si valía la pena regresar. Pero cuando noté que, por el cansancio y la chuma, no podía ni sujetar bien el celular, decidí que dormir en mi casa era una mejor alternativa.

Gracias por la visita. Saludos.

Di dijo...

Listo, esta el link...

Taker dijo...

jajaja, suena muy bien todo lo que pasó esa noche. Ademas siempre es grato volver a ver a los viejos amigos.

algo extenso pero muy entretenido el post.

Saludos!